Semifinal de película acabamos de presenciar; una que a pesar de tener sus momentos flojos satisfizo plenamente con el acto de cierre. Tuvo héroe sacrificado, drama y redención. Su nombre: Luis Suarez. Su mano, su tapada, su tarjeta roja, todas herramientas que necesitó para completar el milagro. Dejar vivo a su equipo más allá del minuto 121.
El antihéroe, el que completa la película, se llama Gyan. Triste por él, batalló como un guerrero todo el partido. Triste, pero el peso de toda Africa reclamando una semifinal fue demasiado sobre sus hombros. Cobró fuertísimo, arriba, pegó en el palo y se perdió.
Ya ahí, uno sabía que los dioses del fútbol habían sonreído a Uruguay. Que estaba liquidado. Muslera fue el enterrador, tapó dos cobros africanos y selló el pase celeste a semis por primera vez en cuarenta años. Celebra el río de la plata.
Los noventa minutos mostraron a un Ghana levemente más claro y fuerte, y al encontrar la ventaja, en control... sin embargo cometió una falta a distancia peligrosa, y dio pie para que el otro ídolo uruguayo, Diego Forlán, clavara el empate y dictaminara que Uruguay no se iría sin pelear.
Y no se fue sin pelear. Y se haría expulsar de nuevo, si eso significara darle vida a su equipo. Garra charrúa.
Y los dioses del fútbol le sonreirían una vez más.
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