domingo, 26 de abril de 2009

¡Apología a la compensación!

La magia analógica del fútbol es que de muchas maneras representa la vida, demuestra el valor del trabajo en equipo, el resultado del trabajo duro individual y colectivo, la naturaleza exquisita del talento bien expuesto, y a su vez, también expone todo tipo de infortunios inseparables de la existencia. El mal trabajo, la mediocridad, la falta de sentimiento, la falta de visión, la calentura sobre la estrategia. Estos hechos revelan a quienes trabajan semanalmente, léase en los futbolistas, directores técnicos, dirigentes pero también, al necesitar regulación, es el fútbol un exponente de todas las injusticias derivadas de un sistema más que imperfecto de juicio, justo así, como en la vida.

Habiendo establecido esto valdría la pena mencionar la antítesis del fútbol: tomar hechos que en la vida normal podrían considerarse de buena naturaleza y juzgarlos como de la peor calaña. ¿Si un tipo en la Caracas le roba la billetera pero luego tiene la decencia de devolverle los documentos ¿queda usted igual de triste?, ¿lo envía usted a la cana? Las respuestas seguramente serán muy diversas en respuesta a la variables difíciles que presenta tal escenario pero al mismo es imposible omitir como hechos significativos que el ladrón tomó algo ajeno y por eso debe ser condenado, pero devolvió algo que le representaba más a la víctima que la plata y por eso debe ser considerado.

El paralelo puede resultar vago pero analógicamente aplica. El “ladrón” es el arbitro, que primero le roba a un equipo (que lo representa a usted, el tipo sin billetera), ya sea a través de un penal omitido o mal cobrado, ya sea a través de un gol mal anulado o una expulsión precipitada. Los “papeles” que se recuperan pueden ser representados por las cargas igualitarias de competencia que le futbol exige. Los partidos empiezan enfrentando once contra once y parten de que un observador imparcial vigila los reglamentos de la mejor manera posible. Si el ladrón lo único que quiere es su dinero y bajo esta óptica devuelve a su dueño importantes detalles como su identificación, hay algo de humanidad ahí, quien lo niegue, bueno, lo niega y está en desacuerdo conmigo. El dinero sería entonces aquello que es robado y es comúnmente devuelto. Me arriesgo a decir que el dinero en mi vaga analogía se representa por esos minutos de fútbol en que las cargas han sido desestabilizadas y el equilibrio perdido, el dinero robado es la sensación de que el partido fue bien dirigido, con justicia para ambos bandos y sin necesidad de caridades luego.

Claro, considero que partir del punto en que el arbitro es un ladrón es muy injusto pero hay que entender la perspectiva. El ladrón roba (aparte de algunos casos antisociales) porque lo necesita, o porque ve en esto una manera de vivir; el arbitro roba porque está comprado (caso en el cual es tan ladrón como cualquiera) o porque es humano y a un humano le es imposible cumplir bien la misión (pitar sin influir en el resultado de un partido) que se le encarga. Referencia obligada hay que hacer para reforzar este punto al sistema precario y discutido de arbitrajes que gobierna el deporte que tanto nos gusta, bajo el cual el arbitro es ladrón no porque quiera, sino porque basado en su humanidad e imposible omnipresencia y omni-visión, no puede ser otra cosa.

El ladrón le robó la billetera, pero cuatro días después lo llamó para decirle que le va a dejar los documentos en “tal” lugar. El juez dejó de pitar dos penales claritos pero luego le pita uno a favor que quizás no existió. Grande que es el fútbol, poniendo todos nuestros ideales contra la pared y dando lugar a las locas analogías que sus seguidores y observadores maquinan.

lunes, 13 de abril de 2009

Creyentes Limitados S.A.

No tengo nada contra la fe, no tengo nada excepto respeto por las creencias de las personas y sus cultos; no tengo nada contra los dioses, uno, u otro, u otro más pues a mi manera de ver cada quién escoge adoptar y predicar su culto y eso es perfecto siempre y cuando respeten mi parcial ateísmo y ojalá les sirva para vivir su vida de manera progresiva, ser mejores personas y profesionales. En sus espacios podrán comentar, y sabré aceptar sus opiniones, sobre cómo mis comportamientos liberales me restringen como persona y profesional pero por el momento espero sepan aceptar las mías.

Dejo ya entrever que voy a tratar un "problema" que puede resultar ofensivo para algunos pero que anoto a modo de observación y opinión abierta a debate. Creo que los futbolistas de mi país son víctimas del reduccionismo religioso y bajo este efecto se restringen personal y futbolísticamente. Creo que los problemas de actitud de nuestros futbolistas parten de delegar mucho a Dios y poco a madurar sus talentos, parten de aprender menos de la plegaria y más del entrenamiento y el perfeccionamiento del oficio. Claro, algunos futbolistas brasileros también son muy religiosos, y como selección cuentan con cinco campeonatos mundiales pero son un caso aparte, no es difícil darse cuenta de que nuestros futbolistas no son brasileros, son colombianos, y para jugar como un brasilero no deben dejarle nada a Dios sino tomar responsabilidad en entrenarse, quizás tres veces más que un brasilero.

Cada que veo el resumen de Goles colombianos me sorprende lo mucho que se enfatiza en las celebraciones el agradecimiento al todopoderoso. Sé que para muchos de estos hombres el hecho de estar en primera división, el hecho de anotar un gol es una meta cumplida y una bendición, lo sé bien. No pretendo quitar valor a todo lo que han tenido que trabajar para lograrlo pero reconozco en eso que me es triste que muchos de esos, que exageradamente elevan sus brazos y permiten latir en sus corazones la gloria del señor, matan así el sueño mayor. Muchos futbolistas de nuestro país hacen ese gol y creen haber tocado el cielo con las manos subestimando incluso su propio potencial, se creen en la cúspide, pero si algo es claro cada que vemos partidos de nuestra selección es que este país está lejos de la cúspide colectiva y con urgencia reclama futbolistas con mayor hambre, impulso y capacidad de no detenerse ante ninguna meta alcanzada. Necesitamos gente con ansia de gloria total en los escenarios más grandes del fútbol, no sólo en la modesta Copa Mustang. Si no hubiera talento ni escribiría esto, pero nada duele más que ser testigo del desperdicio humano.

Nuestro medio restringe a nuestra población profesional, es triste pero cierto; el ultra catolicismo o fanatismo evangelista en que la mayoría crece y las condiciones de educación precarias la restringen como a un caballo lo restringe el tapa ojos. Repito, de lo malo que tenemos como país un aspecto fuerte es dejarle mucho al todopoderoso y menos a nuestras capacidades para hacer buenas cosas, enfocando nuestro sabor y nuestra unicidad para ser más humanos y terrenales. Esto se traduce en el fútbol, sería utópico pensar que no sería ese el caso. Por un lado nuestro asesinos matan, luego se confiesan y en sus mentes quedan en tablas porque "el que peca y reza empata". Nuestros futbolistas llegan a una meta, agradecen, y ahí se quedan; ¿puedo decir que empatan? Quizás, algún contrato les tendrá que salir, alguno con el cual puedan ayudar a sus familias, alguno con el cual puedan emborracharse hasta quedar inconscientes, pero con ese reduccionismo matan así sus posibles proyecciones y en el camino también a nuestro fútbol.

No es difícil saber que para que el caballo galope libre tiene que quitarse el tapaojos.