Entre más voy al barrio, más me gusta. Lo escogí porque quería montarme al bus distinto, de un barrio de nombre bonito, y menos turístico que los que usualmente recorro aquí... y también, confieso, porque quería estar del lado de toda esa gente que, como yo, llevaba años sin celebrar un campeonato de fútbol.
Me ha costado, me requiere estar atento, y ser abierto. Me doy cuenta de que es un barrio especial: es de arraigo, de sufrida, de "machos", de costumbres. Olvidada, quizás... Me cuesta trabajo la conexión, más por culpa mía que por la gente, excepto cuando apelo al lenguaje del fútbol.
Pagué el precio. Hoy, la camiseta que me puse en el corazón tenía un globo pintáo, y perdió el título cuando faltaban unos 6 minutos de juego. No debería sentirme así, después de todo como me dijo un semi ebrio argentino hoy, al reconocer mi acento extranjero: "vos no sos hincha de Huracán".
No lo soy soy, pero lo adopté como mío. No lo soy, pero lo siento, más de lo que imaginé posible.
Al tiempo en que me dijo esto, un anciano que salía de la pizzeria El Huracán me preguntó "¿de dónde sos?". "Colombiano", respondí. "Es un gusto tenerte aquí", replicó y me abrazó. Me invito a sentarme en su mesa para el segundo tiempo, la mesa que había protegido desde las 12 de día. Osvaldo, una persona así, me hace suspirar triste.
La pregunté cómo había celebrado en el 73. "Es una larga historia, ya te la contaré. Te digo que ese título le celebré con mi hijo, y mi hijo ya no está conmigo". El corazón se me hizo chiquito y le agradecí su sinceridad. El tipo tiene un corazón gigantesco. Después de saberse perdedor, caminó lento... Se alejó, y no sé si lo vuelva a ver.
Me dijo "cuando juegue Millonarios, estaré de corazón con ellos".
Para alguien que, como yo, no sabe ya siquiera si seguir a su equipo, eso resultó gratificante.
Osvaldo merecía este título. También Rafael, con quien vi el primer tiempo. Me contó que su "viejo" había fallecido hacia un año, y que nada le hubiera gustado más que compartir ese momento con él. Cuando Monzón (figura del juego) tapó el penal que mantenía el título, me dijo "le pedí al viejo ayuda, y mirá con la que me salió!"
Yo me perdí la fiesta de la que quería ser partícipe, ellos perdieron su segundo título en la historia y una celebración sin precedentes. Entendí como la simpatía se crea entre hinchas. Persona a persona, experiencia a experiencia. Sin importar edad, credo, si va a doler o no.
El segundo tiempo fue difícil. Mezclado ahora entre la hinchada que cada vez sufría más, yo sufría más. Sabíamos que cuando se tiene algo que perder no hay lugar para la resignación, y a un gol de ganarlo o perderlo todo, el ritmo cardíaco sufre variaciones críticas. Todas las personas que estaban en la pizzería, viendo el juego, o fumando impacientes afuera, estaban al borde de un ataque de nervios.
A minutos 39 cayó el gol de Vélez. Polémico, mal validado. No hubo tiempo de resignación, se alentó al equipo durante los minutos que quedaron, pero el daño estaba hecho. Después de un incidente de balones escondidos, y unos minutos de extra, el título se quedó en Liniers.
La cara de la gente, la sensación de que había sido una derrota injusta, crearon un ambiente desgarrador.
A las 15, justo antes del partido, se sentía un silencio concentrado, se escuchaba solo el sonido de las aves. Se veían banderas con la H roja en muchas casas. A las 16:30, en restaurantes del barrio, el clima era el de una caldera cargada de emoción y terror. Gol anulado, penal tapado. Podía funcionar. O no. A las 18:40, solo el motor de los colectivos parecía irrumpir en el ambiente sombrío del barrio. La fiesta en el parque cancelada, la espera por otro título más, prorrogada... 36 años y contando.
Ni las causas que adopto logro sacar adelante. Mi cábala será de aquí en adelante no decepcionar a otros, ni decepcionarme a mí. Renunciaré al fútbol.
...al menos por dos meses...
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