Ícaro se diseñó y construyó unas muy funcionales alas de cera (inspirado en su padre), y fue advertido de volar tranquilo con una doble restricción: “no te acerques demasiado al sol, no te acerques demasiado al agua”. De acercarse al ‘mono’, vería sus alas derretirse y su diseño arruinado… quizá, también vería rota su espalda, o un brazo, o pierna, después del forzoso aterrizaje. De acercarse al agua, joder, alas mojadas, y posterior descenso…
Cayó, consecuencia de ignorar el buen consejo de su padre sobre volar muy alto. Valdría la pena preguntarle ¿por qué? Algo, sin duda, lo había hecho vacilar, dudar, pensar que unos centímetros más de cerca de la estrella que todo calienta e ilumina harían la diferencia y sopesarían la pérdida de consistencia en las alas y su posterior derretimiento.
Esos centímetro de más, cerca al sol, ¿serían epítome de la empresa? ¿La causa y el fin? ¿Se había quemado por siempre? ¿Volvería a intentar con otro tipo de alas?
Páez es Ícaro y los jugadores azules sus alas. Millonarios, no se reboten, es el universo, el aire, el agua, el todo. Para ‘el profe Richard’, ganar una estrella de liga, dirigiendo un onceno fiel su estilo, es llegar al sol; casi lo logra con sus alas 2011.
Después del primer quemón, Ícaro se va dando cuenta de que entre menos flexible es al cambio más chance de que sus alas achicharren fomenta. Las venía exponiendo a su tozudez (que resultados le ha dado, pero por predecible deviene vulnerable), y ni el chance de un poco de bloqueador solar les daba. Ícaro va mutando, no es pendejo, y una vez más parece estarle dando la vuelta a un equipo que en diez fechas encontraba muy poco cómo ganar… pero no olvidemos, los elementos suelen estar en su contra.
Acordemos, por ejemplo, que para estos efectos, Dédalo –padre de Ícaro- es Javier Álvarez y la cera que le está proporcionando a su apadrinado no es de la mejor. “Aquí usamos cera que cueste más bien poco, no importa si la otra es muy buena, por costosa la ignoramos”, le repite una y otra vez. Ícaro Páez hace lo que puede con lo que tiene, y bajo tanto escrutinio la prueba y error de armar un equipo inevitablemente deja cicatrices. A pesar del nombre del equipo que maneja, no es uno en que sobren los millones, sí uno en el que la presión es muchas veces insoportable.
A quienes hinchan por Ícaro y las alas azules, asaltan ciertas preguntas: ¿preferirían no haber sido esperanzados?, ¿ser llevados cerca al sol sin recibir gloria y conservar la quemadura? Puede que los hinchas sean masa, pero cada cual tiene sus lógicas internas.
¿Será posible que Páez reciba el crédito que merece por detener el desangramiento de una racha que ya contaba siete torneos consecutivos sin participación en finales, ahondando un mar de frustraciones más azul y profundo que el Pacífico? No olvidemos a los otros, que volaban tranquilos con trece títulos por igual, y mojaron alas de tal manera que ahora luchan por salir del Hades.
Para algunos, la quemadura y derretimiento bajo el calor barranquillero en diciembre 14 de 2011 aún no sana, pero la historia dirá que a pesar de ella, Ícaro tuvo más vuelos positivos que negativos. Voló y nos llevó a creer, si bien cayo presa de su creencia más de una vez en instancias definitivas.
Si Luis Mosquera no estrella esa pelota en el palo, si la emboca a los cinco minutos de ese partido de semifinales, el cantar sería distinto, quizá estaríamos hablando felices desde la superficie del sol. La escena de Match Point de Woody Allen, en la que la bola de tenis golpea el borde de la red, vuela hacia arriba, y es imposible saber si el bote final favorecerá a uno u otro jugador viene a la mente. En esa ocasión, ese bote no favoreció al azul, las alas derritieron. Quedó el totazo.
Y sin embargo, odiar a esta versión de Ícaro, que dio esperanza después de años de sequía enfermiza, parece exagerado.
Ganar la Copa Colombia el año pasado cerró una racha de diez años sin títulos -sí, la Merconorte cuenta-, y se debe considerar un buen vuelo. Uno que no le representó a Páez llegar al sol, pero sí a la luna. Un buen triunfo-B. La hinchada del universo azul lo agradece, pero sigue esperando que más allá de sus declaraciones –a veces- fuera de tono, de sus cambios –a veces- alocados, de sus impertinencias, logre llevarlos al sol, sin quemarse o quemarlos, tal y como lo ha venido intentando desde que llegó.
Es muy doloroso el derretirse, pero congelarse por alejamiento del sol es mil veces peor. Páez nos ha llevado alto, y nos ha quemado, pero si algo no ha hecho es sumergirnos en la creencia de que no podemos, así se traduzca como arrogancia y se confunda con locura.
Para este seguidor de la mitología libertina y de las alas azules, que cada año un Ícaro confecciona, ese es un gesto a agradecer.
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